miércoles 21 de octubre de 2009

De 9 titular

Tengo pocos recuerdos, bastante borrosos, pero recuerdos al fin, de aquella tarde de no se que mes, cuando tenía unos 9 años. Nos juntamos en la plaza de Los Naranjos: un tipo, que no recuerdo cómo se llamaba, creo que era Mario, inauguraba ese mismo día el “Los Naranjos Fútbol Club”. Yo caí porque me llevó mi viejo, que a su vez, se había enterado por un amigo del barrio.
No había fiesta inaugural, no había sede, no había nada; lo único en que quedamos fue que al sábado siguiente nos juntábamos en la canchita California, que quedaba en barrio Balcarce – El barrio de enfrente -. Canchita que por cierto hoy ya no existe, construyeron un plan de vivienda que la dejó en suspenso para siempre.
El sábado ese nos juntamos a eso de las 6 de la tarde, Mario – o como se llamase – era el “profe”; armó dos equipos según las caras de los jugadores y tiró una pelota al medio, éramos 5 contra 6 en una cancha de 11. El resultado: 0 a 0 lamentable, nadie se conocía, nadie la tocaba, era un auténtico fulbito.
De todos modos seguimos yendo, nos juntábamos únicamente los sábados y jugábamos, era como un encuentro programado pero con un profe. Había un par que jugaban bien: Augusto y el Bebacho, jugaban de 4 y de 3 respectivamente, era lo más potable que teníamos.
Yo me había parado de nueve de área, corría poco y la embocaba menos, mis compañeros me la tocaban solo cuando no había otra esperanza ni jugada posible.
Siempre me anticipaban: ¡No te quedes parado como un ropero! Me gritaba el profe. Yo qué sabía.

Mario, además de profe, era el manager del equipo; el encargado de conseguir fechas. El tema era encontrar a otros equipos de tan bajo nivel como el nuestro y que no estuvieran federados, lo cual era todo un tema porque no se sabía dónde encontrarlos.
Habrán pasado unos dos meses hasta que conseguimos el primer amistoso: Me acuerdo que me tocó entrar de titular, porque el nueve oficial nunca llegó a tiempo. Yo estaba completamente feliz a pesar de los nervios que significaba. Imaginaba, mientras corría al costado de la cancha en el pre calentamiento, los goles que podría llegar a hacer:
“Si viene así, entonces yo la agarro de derecha, la paso para acá, amago y después le pego al arco”. Por supuesto que en mi imaginación la pelota salía del empeine de mi pié, hacía una trayectoria con comba perfecta y se clavaba en el ángulo descolgando las telarañas. Nada que ver con la realidad: no toqué una y cuando casi terminaba el primer tiempo llegó el nueve real, me cambiaron instantáneamente. No llegué a jugar el primer tiempo completo.
Salí de la cancha sin decir palabra:

- Bien Martín, bien… - mintió Mario mientras me palmeaba la espalda.

Yo sonreí falsamente y me fui derecho al auto de mi viejo.

martes 6 de octubre de 2009

La Chica del Kiosco

Este es el inicio de un cuento que aún está inconcluso

Pagó, recibió las monedas del vuelto y pidió que se la destapara. Caminó con la cerveza agarrada por el cuello para no calentarla y cruzó la calle hasta la verjita de la iglesia, ahí estaba Zé mirando hacia el horizonte como si esperara el colectivo. El Gringo se sentó al lado y compartió la botella con un gesto, debió ser la tercera o cuarta que tomaban esa tarde. Tenían la costumbre de juntarse algunas tardes de los sábados a ver pasar la gente de la calle Lagunilla mientras tomaban una cerveza y dejaban correr el tiempo sin darle importancia, como si lo detuvieran por un rato y perderlo fuera lo mismo que aprovecharlo. Tomaban del pico porque hasta ese punto llegaba la simplificación que querían de las cosas para esos momentos que, sin saberlo aún, se volverán casi sagrados con el paso de los años. Esta es la última oportunidad que les da la vida para ser irresponsablemente jóvenes y estar solos sin sentirse solos. Más adelante quién sabe si esa soledad que hoy los libera y hace sentir inmensamente felices, no se convierta en un peso insoportable que lleve a la tristeza de la soledad. No lo saben. Inconscientemente lo aprovechan, como si fuera parte del instinto humano saber que cada instante es la última oportunidad de vivirlo. Saben que si no aprovecharon su adolescencia, la perdieron, porque nunca más la vida les dará una. Saben que no van a ser irresponsablemente jóvenes para siempre y entonces, sin pensarlo explícitamente, aprovechan su última oportunidad de desperdiciar felizmente el tiempo.

El Gringo comenta al pasar que la cerveza está perfectamente helada pero Zé, parece concentrado por un instante en otra cosa: Piensa en la chica del kiosco. Técnicamente se conocen hace mucho, prácticamente desde que abrió el kiosco y ellos dos se instalaron en la verjita de enfrente; sin embargo uno no podría decir que existe algún tipo de relación entre ella y ellos, sólo el cambio de manos de cerveza por dinero. Sabían que se llama Laura pero solo porque era vox populi en el ambiente de alrededor del kiosco, pero no había más que sonrisas comerciales entre ellos 3. Zé se interesó particularmente cuando notó que la chica no era la dueña del kiosco ni la hija ni la sobrina, sino una empleada; iba todos los días desde temprano hasta tarde a laburar para que giles como Zé y el Gringo puedan emborracharse y no hacer nada de nada de sus vidas. Sí, eran estudiantes, y eso parecía ser un título en sí mismo, les daba derecho a no hacer nada porque se estaban formando supuestamente para el futuro. Zé se sintió incómodo, sacrificio era el de la chica, no el suyo. En “la chica” Zé incluye a los trabajadores en general por oposición a “los estudiantes”. Cómo iba a justificar que ni bien terminase su carrera iba a ganar quizás el doble que ella siendo que ahora no estaba cosechando nada, solo tomaba cerveza y había tenido la suerte de nacer en su casa y no en la de Laura. Mientras el tomaba cerveza derrochando el tiempo, ella estaba sembrando aire. No había promesas aparentes para la chica, Zé no podía ver cuál sería la cosecha que ella podría hacer ahí.

Después le comentó al Gringo que le gustaba la chica del kiosco. En todo caso prefiero a una tipa así, que todos los días se levanta y lucha por lo que se gana y no una estudiante hija de papá que tarde o temprano va a conseguir una pasantía que la catapulte lentamente hacia un lugar parecido al de su familia. Siguió diciendo que le gustaba más alguien que esté luchando junto con él que alguien que esté esperando de él. A Zé, ni al Gringo, les gustan tampoco las intelectuales; las consideran demasiado estiradas y deben racionalizar tanto el sexo que debe parecerse más a una terapia que al sexo. A la gente inteligente le falta sentido práctico de la vida, dice el Gringo, mucha teoría y conceptos abstractos se los llevan bien lejos de donde pisan, hasta que acaban por no pisar en ninguna parte y entonces boyan, van y vienen por las ideas y en realidad están cada vez más y más perdidos. Zé imaginó una joven erudita, flaca hasta la insipidez, con un vocabulario amplio, digna de presentar a los padres…
¡Aburridísima! Terminó diciendo en voz alta ante la sorpresa del Gringo que por supuesto no hilaba por dentro de la cabeza de Zé.

Terminan concluyendo que la chica del kiosco es más real, o mejor dicho, que tiene un sentido más real. Cuando la botella se termina es el turno de Zé de cruzar a comprar. Desde lejos el Gringo ve que charlan y en cierto momento ella cambia su sonrisa comercial por la verdadera, se nota.

jueves 17 de septiembre de 2009

Agradecimientos

Hace cosa de un mes atrás me llamaron desde el ministerio para contarme que “Un cuento al que usted suscribe como autor asumiendo plena responsabilidad por las letras allí contenidas y excluyendo de toda responsabilidad civil al ministerio, según convenio/ acuerdo Arg 002/B64 y de acuerdo con la reglamentación vigente”, había sido seleccionado entre los cuentos que se iban a publicar en un librito que editaba dicho ministerio todos los trimestres.

Además me dieron la posibilidad de incluir agradecimientos en el cuento y aclaraba que “No había límite de personas en los agradecimientos”. Por la curiosidad que generó este último acápite me puse a pensar en a quién realmente tenía que incluir.

En primer lugar, nunca me hubiera enterado del concurso si mi hermano no me hubiera avisado que había visto un cartel en el ministerio donde trabaja, por lo que mi primer agradecimiento es para él. Pero, mi hermano jamás habría visto estado en el ministerio de no ser gracias a su profesora de Sociología que lo descubrió entre el montón de alumnos para trabajar ahí, por lo que indirectamente también ella contribuyó a que yo gane el concurso, por lo que aquí va mi agradecimiento para la Prof. Garay que hizo entrar a mi hermano al ministerio donde éste vio el cartelito que me llevó a ganar el concurso. Gracias Prof. Garay. Mi hermano, Mateo de ahora en más, no hubiera conocido jamás a la Prof. Garay de no ser por dos personas: El Padre Arturo S.J. que fue quien hizo entrar a la Prof. Garay a la Universidad y a Ana Luz, ex de Mateo que tanto insistió para que vinieran a estudiar a Córdoba. Ambos contribuyeron, así que este es mi agradecimiento para ellos. Ana Luz y Mateo se conocieron por un amigo en común, Agustín, quien los presentó en una fiesta de casamiento. De manera que gracias también Agustín.

Nada de todo esto hubiera sido posible si el padre de Ana Luz no hubiera insistido tanto en inscribir a su hija en la escuela del trabajo de San Francisco, aun contra la voluntad de su señora esposa. Gracias a él, Ana Luz conoció a Agustín que la presentó con Mateo y así ésta pudo insistir tanto para que fueran a estudiar a Córdoba donde Mateo conoció a la Prof. Garay que lo descubrió entre el montón de alumnos para trabajar en el ministerio y así ver un día el cartelito que anunciaba sobre el concurso y avisarme para que yo ganara el concurso. Este es mi agradecimiento al padre de Ana Luz, quien jamás habría llegado a San Francisco de no ser por el Sr. D`Angelo, un inmigrante de la segunda guerra, amigo del abuelo de Ana Luz que envió una carta a Italia contando de las bonanzas de estas tierras en épocas en que su Europa amada ardía por las llamas del fascismo. La invitación fue concreta, a trabajar. Aquí, cuando llegaron el Sr. Y la Sra. Nízzola (abuelos de Ana Luz) trabajaron duramente hasta poder construir su morada en la que criaron al pequeño Francisco – padre de Ana Luz -. Así que gracias Sr. D`Angelo por hacer posible que publiquen mi cuento.

Por otra parte, yo también hice lo mío, después de todo soy quien suscribe como autor asumiendo plena responsabilidad por las letras allí contenidas. No puedo dejar de agradecer a la persona que inspiró mis primeras letras haciéndome descubrir mi vocación por la escritura: Eliana, mi primera novia; a los 13 años mi púber corazón me obligaba a dedicarle poemas y extensísimas cartas, a partir de ahí no pude nunca más dejar de escribir. Este es mi agradecimiento a Eliana por haber contribuido a que yo gane el concurso del ministerio. Demás está agradecer a mis viejos quienes además de inscribirme en el colegio de Eliana me dieron la vida. Y a mi tía Beatriz, que los presentó e hizo posible que publiquen mi cuento.

Si agradezco a mis abuelos por darles la vida a mis viejos, entraría en una cadena infinita de sucesivos partos, por lo que agradezco en forma de número periódico a mi familia ascendente.

Hay muchas personas que se me pasarán por alto, obviamente, pero no puedo dejar de dar las gracias a la Srta. Mirta Bazán que me enseñó a leer y escribir. La Srta. Bazán había sido invitada a enseñar en la escuela por su gran amiga Alicia una tarde de verano que había ido a visitarla a su casa en Santa Fe, Mirta estaba sin trabajo y Alicia le dijo que podía preguntar a la directora de la escuela donde trabajaba si había algún puesto disponible. A las pocas semanas una llamada telefónica le avisaba a la Srta. Mirta que había un puesto en la escuela ya que la Srta. Cristina debía viajar a Buenos Aires porque el marido había conseguido un trabajo en el puerto. En mi agradecimiento no puedo olvidar entonces a: la Srta. Alicia, quien fuere la Directora de la escuela en el año 1984, la Srta. Cristina por acceder al pedido de su marido de irse a Buenos Aires, al esposo de la Srta. Cristina por aceptar el empleo, y a la Aduana de la República Argentina por tener en cuenta al Sr. Esposo de la Srta. Cristina.

Mi sincero agradecimiento para todos ustedes por haber hecho posible la publicación de este cuento.


martes 8 de septiembre de 2009

Transporte

El transporte urbano te anuncia que ya llegaste a Córdoba, el inconfundible olor a goma gastada y aceite quemado te dan la bienvenida a la ciudad. Lo primero que me pongo a pensar al subir a un colectivo público es que estamos más cerca de Nueva Delhi que de Ginebra, la gente se va amontonando unos encima de otros mientras el chofer lo único que hace, en lugar de llegar temprano a la parada, es gritar “Un pasito más atrás”. Si alguien se desmaya nadie lo notaría porque aún así quedaría parado, a lo sumo se ganaría el malhumor de los otros dieciséis que están alrededor, abajo y arriba suyo.

La única escapatoria es la ventanilla, que por supuesto está cerrada porque no funcionan las perillas para abrirla, sin embargo proporciona la única salida posible mirando hacia fuera e imaginándose uno libre.

Para bajar hay que estar atento unas quince cuadras antes de la parada para poder empezar a remar entre las demás víctimas y llegar tres paradas después de la tuya, y si tuviste la mala suerte de ser de los últimos en entrar ni te molestes en preguntarle al chofer para bajar por adelante; éste simplemente te sobrará: “el descenso es por la puerta trasera” y hará una carga amarga como si su salario fuera la mitad del tuyo siendo que es por lo menos cuatro veces mayor.
Por la ventanilla se ven miles de publicidades: ¿Sabrá Lindsay Logan que aparece semidesnuda en la vidriera de una mueblería en la calle Santa Rosa al 300? ¿Y sabrá que en su boca hay un pene de liquid paper?

Baja uno y suben tres, el calor aumenta más que proporcionalmente a la cantidad de gente, el aire comienza a escasear, el caño de escape pareciera estar direccionado hacia adentro, el chofer continúa gritando “un pasito más atrás”, amenazan con subir nuevamente el boleto y uno no se explica por qué. Cuando se desocupa un asiento casi te da esperanzas pero notás que alrededor tuyo está lleno de viejas, embarazadas, madres con hijos y personas con todo tipo de prioridades. “Gracias” te dicen todos a la vez y comienzan a luchar por el asiento libre, cada cual exhibe como mejor puede su prioridad, la embarazada saca panza, la madre alborota a los niños y la vieja comienza a envejecer años, ahí mismo frente a uno. Más tarde el machismo sigue siendo funcional a las mujeres y las tetas escotadas de una mina le consiguen un asiento, la marcha del colectivo no entra y cada vez que arrancamos hace un ruido infernal, alguien tiene olor a muerto, quién sabe hace cuánto estará ahí, el viaje no parece tener principio ni fin y, en la apoteosis del hacinamiento un bebé empieza a llorar.

martes 1 de septiembre de 2009

Lluvia

Dichoso quien camina dejándose mojar por la lluvia. Dichoso porque significa que tiene tiempo, que no tiene prisa para llegar a ningún lado. Simplemente dejándose tocar por las gotas, alzando la cara para recibir esa paz que trae el ruido del agua cuando golpea la frente, el fresco. Dichoso porque si es de mañana, tarde o noche, no es importante para quien se deja mojar por la lluvia.
Porque significa que no le importa su ropa, que no tiene deber de buena presencia, que goza de la libertad de ser un hombre mojado. Porque no le molesta el peso de las pilchas… y si no le molesta estar mojado ¿Qué le puede molestar? Vive estos días en paz, transparenta su tranquilidad en el momento que todos corren.
Y si tiene tiempo para caminar sin correr, también lo tiene para hacer un alto en cualquier momento. Y tomar un café. Y leer el diario más allá de los titulares. Y de mirar la calle por una ventana borrosa. Quien se deja mojar por la lluvia sin correr a ninguna parte deja florecer su melancolía, esa que lo pone feliz. La que le pinta una sonrisa de costado recordando vaya a saber qué aromas.
Feliz de que su tiempo es más valioso que sus zapatos. Porque tiene tiempo de mirárselos y pensar en ellos, ver el agua subir por sus pantalones y bajar por su camisa. Mirar las gotas redonditas sobre una hoja o cómo se acumula agua en un toldo de una verdulería. Sentir el peso del cabello y gotitas que se inflan en la punta antes de caer sobre el hombro o sobre la nariz.
Dichoso de caminar pisando liviano, sin importar dónde ni cómo, de levantar las palmas y palpar la textura suave que se escurre. Porque fuma un pucho que se moja, y tampoco importa. Porque tiene tiempo, de tomar un vino y escribir sin más propósito que ese.

viernes 28 de agosto de 2009

La calidad de vida: nuevo modelo de medición

Teniendo en cuenta que cada persona es un mundo, y considerando que cada una tiene sus problemas podemos ver el nivel de calidad de vida que a priori ofrece un lugar.
Supongamos, para simplificar el modelo, que cada persona tuviera solo 2 problemas con los que taladrarle el cerebro al prójimo; en una ciudad como Córdoba de 1.200.000 habitantes (sin contar la periferia) estaríamos hablando de aproximadamente 2.400.000 de problemas con los que te taladran la cabeza y que se van trasladando de un lugar a otro por toda la ciudad.

Ahora bien, pongamos por ejemplo un poblado de las sierras; Icho Cruz: de 600 habitantes aproximadamente, la cantidad de problemas que andan dando vueltas serían 1200, es decir que Córdoba es nada menos que 2000 veces más problemático que Icho Cruz. O podemos decir que la calidad de vida, en este sentido estrictamente, de Córdoba es el 0,05% de la de Icho Cruz.

Hasta aquí no hay ningún tipo de inconveniente, cada quien vive donde quiere como quiere. El problema se presenta en Enero, el gran Enero, donde, de los 2.400.000 problemas, aproximadamente 24.000 se trasladan a Icho Cruz. El dinero, supuesto beneficio sin consecuencias secundarias de los turistas, hace que Don Anselmo tenga que trabajar a la velocidad de un McDonald´s, que el caballo de Don Augusto se parta la espalda y quede listo para convertirse en mortadela, que la basura se convierta en parte del paisaje a la orilla del rio, que Doña Ana tenga que ver a vaya a saber quién practicando budismo zen “conectándose” con la naturaleza de la manera más antinatural posible. El pueblo no está apto para recibir tantos problemas juntos, gritos, los pájaros que huyen como ratas, los perros víctimas de patadas de adolecentes foráneos, peces bajo las piedras y miles y miles de colores artificiales que desaparecen junto con las ojotas sobre las medias. Los pobladores deben soportar ser objeto de fotografías culpables de su cara de rústico y nunca falta un capitalino comprometido que se enternece y lo convierte en objeto de trabajo social, el pobre paisano solo quiere que se vayan y estos citadinos insisten en ayudarlos quedándose.

Antes por lo menos quedaba dinero al final de la temporada, ahora, los que se lo llevan son otros citadinos que viajan con el lucro a cuestas; imagine cómo queda el pueblo después de semejante sacudida, 24.000 problemas que pasan por un lugar acostumbrado a 1.200, son muchos: 20 veces más. Es como si en un Fiat 600 con capacidad para 4 personas se metieran 80.

lunes 10 de agosto de 2009

Y esto?

No me pregunten por qué ni en calidad de qué pero Dibujos en el piso aparece en Esta página