Tengo pocos recuerdos, bastante borrosos, pero recuerdos al fin, de aquella tarde de no se que mes, cuando tenía unos 9 años. Nos juntamos en la plaza de Los Naranjos: un tipo, que no recuerdo cómo se llamaba, creo que era Mario, inauguraba ese mismo día el “Los Naranjos Fútbol Club”. Yo caí porque me llevó mi viejo, que a su vez, se había enterado por un amigo del barrio.
No había fiesta inaugural, no había sede, no había nada; lo único en que quedamos fue que al sábado siguiente nos juntábamos en la canchita California, que quedaba en barrio Balcarce – El barrio de enfrente -. Canchita que por cierto hoy ya no existe, construyeron un plan de vivienda que la dejó en suspenso para siempre.
El sábado ese nos juntamos a eso de las 6 de la tarde, Mario – o como se llamase – era el “profe”; armó dos equipos según las caras de los jugadores y tiró una pelota al medio, éramos 5 contra 6 en una cancha de 11. El resultado: 0 a 0 lamentable, nadie se conocía, nadie la tocaba, era un auténtico fulbito.
De todos modos seguimos yendo, nos juntábamos únicamente los sábados y jugábamos, era como un encuentro programado pero con un profe. Había un par que jugaban bien: Augusto y el Bebacho, jugaban de 4 y de 3 respectivamente, era lo más potable que teníamos.
Yo me había parado de nueve de área, corría poco y la embocaba menos, mis compañeros me la tocaban solo cuando no había otra esperanza ni jugada posible.
Siempre me anticipaban: ¡No te quedes parado como un ropero! Me gritaba el profe. Yo qué sabía.
Mario, además de profe, era el manager del equipo; el encargado de conseguir fechas. El tema era encontrar a otros equipos de tan bajo nivel como el nuestro y que no estuvieran federados, lo cual era todo un tema porque no se sabía dónde encontrarlos.
Habrán pasado unos dos meses hasta que conseguimos el primer amistoso: Me acuerdo que me tocó entrar de titular, porque el nueve oficial nunca llegó a tiempo. Yo estaba completamente feliz a pesar de los nervios que significaba. Imaginaba, mientras corría al costado de la cancha en el pre calentamiento, los goles que podría llegar a hacer:
“Si viene así, entonces yo la agarro de derecha, la paso para acá, amago y después le pego al arco”. Por supuesto que en mi imaginación la pelota salía del empeine de mi pié, hacía una trayectoria con comba perfecta y se clavaba en el ángulo descolgando las telarañas. Nada que ver con la realidad: no toqué una y cuando casi terminaba el primer tiempo llegó el nueve real, me cambiaron instantáneamente. No llegué a jugar el primer tiempo completo.
Salí de la cancha sin decir palabra:
- Bien Martín, bien… - mintió Mario mientras me palmeaba la espalda.
Yo sonreí falsamente y me fui derecho al auto de mi viejo.
No había fiesta inaugural, no había sede, no había nada; lo único en que quedamos fue que al sábado siguiente nos juntábamos en la canchita California, que quedaba en barrio Balcarce – El barrio de enfrente -. Canchita que por cierto hoy ya no existe, construyeron un plan de vivienda que la dejó en suspenso para siempre.
El sábado ese nos juntamos a eso de las 6 de la tarde, Mario – o como se llamase – era el “profe”; armó dos equipos según las caras de los jugadores y tiró una pelota al medio, éramos 5 contra 6 en una cancha de 11. El resultado: 0 a 0 lamentable, nadie se conocía, nadie la tocaba, era un auténtico fulbito.
De todos modos seguimos yendo, nos juntábamos únicamente los sábados y jugábamos, era como un encuentro programado pero con un profe. Había un par que jugaban bien: Augusto y el Bebacho, jugaban de 4 y de 3 respectivamente, era lo más potable que teníamos.
Yo me había parado de nueve de área, corría poco y la embocaba menos, mis compañeros me la tocaban solo cuando no había otra esperanza ni jugada posible.
Siempre me anticipaban: ¡No te quedes parado como un ropero! Me gritaba el profe. Yo qué sabía.
Mario, además de profe, era el manager del equipo; el encargado de conseguir fechas. El tema era encontrar a otros equipos de tan bajo nivel como el nuestro y que no estuvieran federados, lo cual era todo un tema porque no se sabía dónde encontrarlos.
Habrán pasado unos dos meses hasta que conseguimos el primer amistoso: Me acuerdo que me tocó entrar de titular, porque el nueve oficial nunca llegó a tiempo. Yo estaba completamente feliz a pesar de los nervios que significaba. Imaginaba, mientras corría al costado de la cancha en el pre calentamiento, los goles que podría llegar a hacer:
“Si viene así, entonces yo la agarro de derecha, la paso para acá, amago y después le pego al arco”. Por supuesto que en mi imaginación la pelota salía del empeine de mi pié, hacía una trayectoria con comba perfecta y se clavaba en el ángulo descolgando las telarañas. Nada que ver con la realidad: no toqué una y cuando casi terminaba el primer tiempo llegó el nueve real, me cambiaron instantáneamente. No llegué a jugar el primer tiempo completo.
Salí de la cancha sin decir palabra:
- Bien Martín, bien… - mintió Mario mientras me palmeaba la espalda.
Yo sonreí falsamente y me fui derecho al auto de mi viejo.