domingo 5 de julio de 2009

Taladro

La diferencia entre informar a la gente y taladrarle el cerebro es demasiado delgada y ciertamente muy mal manejada por los medios. Van a matar a alguien, qué manera de enfermar a la gente. En Crónica hay un contador permanente que actualiza la cantidad de muertos por la Gripe A. Marcan agenda con lo que cuentan ¿Por qué no hay un contador también de la cantidad de muertos por causas evitables? ¿Por qué no se nombra a la cantidad de personas que se podría salvar con los U$S 40.000.000 que costó la campaña de De Narvaez?

¡Dejen de molestar!

- No lo mires – me dirás
Imposible: de la tele a la calle el tramo es muy corto. “Mi sobrino anda medio mal – contaba una señora a otra en el laburo – parece que lo ha mordido un chancho… porcino dice que`ra, ahora no sé qué hacer…”

Después empiezan a aparecer los remedios caseros: “Parece que tomando Danonino no les agarra a los chicos” – “Si, pero hay que mezclarlo con la primera orina de la mañana”.

Excelente receta: ante la duda y por las dudas… sembrar el pánico y la desesperación. Las cifras se abultan y la tele confirma los casos antes que los laboratorios, ya nadie muere de cáncer ni de Sida, todos lo hacen de Gripe porcina. Aunque llegues al hospital con un tiro en el pecho Crónica te cuenta como un caso confirmado de Gripe.

Taladra, taladra, taladra… el miedo crece, la gente opina… mañana vuelve la inseguridad y de nuevo te taladran, te taladran… y crece la furia, la gente opina, la policía avanza y mata, no hay contador para esos muertos. Y pasado de nuevo el dengue… y te taladran…

domingo 28 de junio de 2009

Si Descartes....

En un día como el de hoy, en plenas elecciones en las que uno ya sabía más o menos lo que iba a pasar, pensé: que hubiera pensado Descartes si hubiera estado en Argentina:

“Pienso, luego me amargo; luego existo amargado”

domingo 21 de junio de 2009

Interesante punto de vista

Desde hace unos meses doy clases de apoyo universitario en un instituto bastante caro y de gente acorde al valor de la cuota. Diría que lo más interesante son las anécdotas que se me graban simplemente por lo antagónicas que son las formas de vida de mis alumnos y la mía.

Un día, en una conversación entre dos alumnos, mientras yo daba clase de no sé qué, escuché que uno de los alumnos decía a su compañero: Es muy feo lo que decís, el dinero no hace la felicidad. A lo que el otro contestó casi automáticamente: ¿sabés qué? Prefiero llorar desde una Ferrari, y largó una carcajada grotesca, casi artificial.

Pero no termina ahí: Cuando salimos de clase, este pibe – el de los llantos en la Ferrari – me ofreció acercarme hasta el centro. Acepté y mientras subía al auto empezó a explicarme:

- Este habla así porque es un seco, si tuviera guita pensaría totalmente diferente. O sea… el dinero SÍ hace la felicidad… eso de que no compra el amor… vamos… el dinero es lo que te permite el acceso a las mejores minas, si no fijate en el hijo este que adoptó Madona: va a tener 20 años, va a manejar un Rolls Royce y va a estar con las mejores modelos; ¿Vos te creés que si se hubiera quedado en el África le iba a ir así de bien? El dinero lo compra todo ¿Me entendés? -.

Y cuando terminó de preguntar; realmente no, no había entendido nada. O él o yo no tenía-mos la más menor idea de la vida. ¿Qué le digo a este pibe? Pensé y por supuesto terminé sin decir nada.

Me bajé sonriendo del auto, sin decir nada, con los ojos grandes y redondos de asombro y la boca semi abierta, así llegué a casa.

martes 16 de junio de 2009

De a poquito...

Bueno, como quien no quiere la cosa, voy reapareciendo despacito y sin hacer ruido. Estuve ausente mucho tiempo por causas de todo tipo, por excusas de todos colores y por cosas que no se saben. Voy a ir retomando de a poco. Por el momento creo que vale la pena anunciar el regreso con la voz de Don Jorge Cafrune:

De nuevo estoy de vuelta
Después de larga ausencia
Igual que la calandria que azota el vendaval
Y traigo mil canciones
Como leñita seca
Recuerdo de fogones
Que invitan a matear.

lunes 26 de enero de 2009

Preparados

Un profesor explica elocuentemente el cruce de los Andes y entonces un alumno levanta la mano; el profesor cede la palabra haciendo el gesto con la mano y el joven pronuncia a viva voz: “Lo que usted está diciendo me parece una gansada, no le veo utilidad práctica y, sinceramente, no me importa para nada” ¿Cuál sería la reacción del profesor?


Un elegante muchacho le pregunta a una joven que le atrae:
- ¿Querés que nos juntemos a tomar esta noche algo? Bah, en realidad como excusa para ver cómo hago para terminar revolcado con vos en un motel; algo baratito… porque entre la bebida que te invito y el motel se hace mucha plata – guiña el ojo sonriendo y termina - ¿Me entendés?-.


Un empleado pide a su jefe que le de un aumento porque no llega a fin de mes, a lo que este le contesta que no le va a dar nada porque realmente le importa muy poco si llega o no a fin de mes: La verdad, agrega, estoy haciendo muchísima guita, pero no te quiero dar un aumento. Entendeme vos a mí, si te aumento a vos, es menos plata para mi, si… ya se que para mi nivel de gastos, lo que me pedís son chirolas, pero igual prefiero tenerlas yo antes que dártelas. Así que amigo mío, vuelva al trabajo nomás.


- Master ¿Te limpio el vidrio? –
Seña de No con el dedo índice. El pibe hace la seña de Moneda juntando las puntas del índice y el pulgar. El conductor le contesta:
- Mirá, tengo el cenicero lleno de monedas; pero no se… no las quiero sacar de ahí para dártelas, no se por qué. La verdad no me conmueve tanto que estés en la calle.


- ¡Juan! ¡¿Cómo andás viejo?! – se abraza un tipo con un amigo
- Acá, tirando, por lo menos…-
- ¿Vos sabés que ayer me la crucé a tu hija? ¡Qué fuerte que está la pendeja! ¿Sabés qué? Si algún día la agarro…
¿Cuál sería la reacción del amigo?


- Che… ¿Te puedo pagar? No conseguí cospel –
- No –
- ¿Por? –
- Porque, la verdad, te lo podría recibir, no me hace nada, pero no me pinta ¿Me entendés flaco? A lo mejor si tuvieras un buen par de tetas y un escote agresivo, te recibiría la plata con todo gusto, pero como no es así… abajo.


Un tipo llega a la ventanilla de una oficina pública para pedir un sellado cualquiera. El empleado, del otro lado del vidrio, lo mira indiferente golpeándose una lapicera contra los dientes de manera irritante.
- ¿No me vas a atender? – pregunta el tipo luego de pasados 3 minutos.
- Si… ya va, un segundito por favor – y sigue haciendo lo mismo.
Otros 3 minutos más:
- ¿Y? –
- Mire señor; a mí: lo atienda rápido, lento, o no lo atienda; me pagan igual. ¿Qué puede hacer usted? Nada. Grite si quiere, haga un escándalo; no va a conseguir nada; yo en su lugar llamaría a quien sea que lo espera y avisaría que no voy a llegar. ¿Ve esos asientitos de allá? Bueno, espere ahí y más tarde, después de comer unos criollos con los muchachos, veo si tengo ganas de atenderlo o le digo que vuelva mañana.
¿Cuál sería la reacción del tipo?

¿Estamos preparados para la sinceridad?

miércoles 14 de enero de 2009

Otra vez...

No hay caso… cada vez que veo alguna foto, o me acuerdo de uno de los amigos que hicimos o simplemente retomo algo que dejé pendiente por ahí, no puedo evitar que una enorme nostalgia me invada… no una nostalgia triste, sino todo lo contrario, una tan feliz que invita a repetir.
Fue, sin lugar a dudas, como haber vivido cien vidas en una, todas juntas, comprimidas en un momento de tiempo y luego desparramadas en recuerdos que estarán por siempre.
Podría dividirlo en tres: etapas que de no ser porque nuestra mente evolucionó de una a la otra, no tendrían nada que ver entre si.

Andes y costa del pacífico fue uno de los sub-viajes; fue la etapa en que más gente conocimos, en la que éramos demasiado argentinos, la de la experiencia de laburar en la calle, de dormir en moteles baratos y caminar excesivamente mucho. Desde Villazón a Quito – el regreso a Quito después de incursionar por Colombia – fue la etapa más parecida a vacaciones que a viaje propiamente dicho, pero sirvió para sentar las bases en nuestra mente, para lo que venía, para adentrarnos en una Sudamérica desconocida, innombrada, olvidada, si se quiere.

Amazonas, encabezada por Cabo Pantoja y los interminables viajes en barco, fue el segundo sub-viaje; aprendimos a conocer a gente del lugar, a vivir de otra manera, aprendimos, por la fuerza quizás, a comer únicamente lo necesario, nos ahogamos de mate y enseñamos a otras personas esta delicia, conocimos gente más profundamente, desde otro lugar de nuestra experiencia, conversamos temas más transcendentes; dejamos, de alguna manera, que el mundo entrara en nuestras mentes sin ser cuestionado, simplemente incorporándolo a nosotros, viviéndolo. Comimos pescado secado al sol, contrariando cualquier indicación médica; fuimos lentamente dejando de ser los cordobeses, fuimos olvidando los deber ser argentinos y nos permitimos disfrutar. Fuimos picados por miles de mosquitos hasta el punto que las picaduras en un momento dejaron de ser una molestia para pasar a ser parte de nuestro cuerpo. Enseñamos en una escuela, aprendimos de los alumnos, creamos una cocina comunitaria, tomamos cerveza y aguardiente sin más sentido que el de contemplar los espacios deformados. Nuestras ideas se esclarecían al pasar los días, nos adentramos en el continente y en nosotros mismos.

Si tuviera que ponerle un título al tercer sub-viaje sería Los Camiones, fue la característica más relevante, recorrimos medio continente solo gracias a la bondad de los camioneros que, incansablemente desde que nos involucramos con ellos, nos hicieron sentir como hermanos, nos alimentaron, nos alojaron, nos invitaron a sus casas a conocer a sus familias, nos dieron, en definitiva, una perspectiva de vida que jamás antes hubiera podido definir. Nos enseñaron, a veces sin palabras, sobre la soledad, sobre la importancia, la ternura que se esconde detrás de la rigidez de un brazo tatuado y un cigarro fumado sin las manos.
Hicimos paradas, fantásticas todas ellas, el Sertao, el increíble litoral pernambucano, las arenas blancas de Bahía, la sierra mineira, la impresionante Belo Horizonte, pero la experiencia inolvidable, incalculable, irrepetible, fue en la ruta. Comimos arroz carretero, tomamos cerveza a las ocho de la mañana, compartimos un día de playa con un grupo de camioneros, pasamos días al costado de una fábrica de galletas esperando una carga. Nos olvidamos de nuestra condición argentina y fuimos nosotros, sin criticar, percibiendo pura pureza del ambiente.

No se cuántas veces reescribiré este artículo, seguramente esta no es la última, tampoco la primera, es que sinceramente siento la necesidad de hacerlo cada vez que los recuerdos florecen. Lo hago consciente de que no es posible hacer sentir a alguien, a través de las letras o de cualquier forma distinta a la experiencia misma, todos los sentimientos, las transformaciones que hemos sufrido, la vida que nos ha cambiado, el rumbo que hemos desviado. Pese a que intentemos volver, sé que fue un viaje de ida, afortunadamente.



lunes 15 de diciembre de 2008

Rua Santo Elías

Rua Santo Elías: la calle en la que más cercano a la libertad me he sentido. No la libertad anómica, en soledad, aislada y fuera de toda convención social. Más bien la plantearía como la caída definitiva de la mirada del otro, no porque no haya existido sino por su liviandad.
No fue una libertad contemplativa, de amplios paisajes, de orgasmos visuales; fue una con mucho de Circo Romano; extravagancias, drogas, sexo; fue una especie de orgía de los sentidos, donde no existía quién impusiera reglas ni se avergonzara de las actitudes propias o ajenas.
Tan libre como ilusoria era insostenible en el tiempo, esa libertad de todo, incluso de la responsabilidad que debería asociarse, provocaba en mí una alegría orgásmica que me impulsaba cada vez más hacia sensaciones impensadas hasta ese momento. Un sentimiento de felicidad invadía cada mililitro de mi sangre y me hacía transpirar euforia. Transitaba los días mareado, sin comprender del todo lo que estaba pasando, los vivía sin rumbo, como si fuera a vivir para siempre y tuviera tiempo de hacer y deshacer a mi gusto y, a la vez, estrujaba cada día como si fuera el último de mi vida. Cada cosa que hacía tenía su sentido: disfrutar al máximo de lo que estaba haciendo en ese momento, sin pensar en nada más que en disfrutar.

Prácticamente ajenos a cualquier forma de propiedad, lo único que teníamos como propio e individual era la ropa de cada uno y un colchón – sin cama -, todo lo demás era compartido: incluso teníamos cuatro sillas para seis personas, dos comían rotativamente en el suelo. Esperábamos la hora del almuerzo sentados en el suelo de la cocina mientras charlábamos de todo y de nada, nos reíamos, no importaba el sentido o la profundidad de las cosas.
No era una cuestión de dinero (tenía apenas más de lo necesario), sino de tiempo y de aplicaciones de ese tiempo. Siempre encontrábamos algo para hacer, el no tener televisión ni Internet nos impulsaba a leer, a seleccionar lo que entraba en el cerebro y fundamentalmente a estar fuera de casa gran parte del tiempo. Esto también contribuyó mucho con las relaciones sociales que pude hacer, se charlaba mucho, se salía mucho, se compartía.
El bajo nivel de exigencia de la Universidad nos permitía más ocio de lo normal, los horarios eran por demás flexibles y el hecho de ser extranjeros nos daba muchas consideraciones que otros alumnos no tenían. Disponíamos del tiempo a nuestro gusto: esa era la gran riqueza que poseíamos. Personalmente, como buen rico nuevo, lo derrochaba por doquier, lo compartía, lo aprovechaba malgastándolo, lo doblaba, lo estiraba, hacía que los días duraran lo que yo quería, podía extender una fiesta por más de 40 horas seguidas o si una clase me aburría podía hacerla durar 5 minutos y desaparecer así sin más.

En casa consensuamos algunas reglas para mantener un equilibrio mínimo, cosas como limpieza de los espacios comunes y la comida, pero en ningún momento ingresamos en el plano individual ni caímos en moralismos del deber ser. Cada uno, creo, tomó esa libertad y le sacó provecho de la mejor manera que pudo o quiso.
Creamos una especie de comunismo para organizar las comidas y las porciones y así nos garantizábamos un piso mensual que incluía vivienda y alimento; después de ese piso cada uno lo que quisiera con el remanente.
En mi caso personal, creo que en ningún otro momento de mi vida he disfrutado tanto de la libertad como durante esos días. De alguna manera exterioricé, materialicé, esquemas reprimidos… o clandestinos, más precisamente.

Fueron increíbles esos días de la Rua Santo Elías, increíbles no solo por lo fantásticos, sino por lo realmente difíciles de creer. ¿Qué tienen que ver con el resto de mi vida? Nada. Fue un salto hacia una libertad que nunca había imaginado que existía y que realmente dudo que alcance en adelante. Definitivamente la plenitud de todo. Todo lo bueno y lo malo que pasó, valió la pena.