Al principio, fue como todas las relaciones. Se besaban, se buscaban para darse abrazos, hablaban apenas el uno del otro cuando no estaba presente. Se presentaron algunos amigos, bailaron juntos y tomaron varios cafés antes de empezar a conocerse.
Esa primera etapa era febril, idílica, ninguno de los dos parecía encontrarle defectos a su compañero, siempre se recibían con sonrisas y cada uno, en su intimidad, volaba con imágenes del futuro. Armaron en sus mentes cosas que no eran posibles en la realidad. Sus intenciones sobrepasaban sus actos.
Eran días en los que el uno existía solo para el otro, el resto del mundo había quedado en cierta forma por fuera. Los amigos estaban ahí, siempre lo estarían, no importaba cuánto tiempo se alejaran, el tiempo se congelaría para esperarlos.
Y los días, tiranos, fueron pasando. Tanto que ya se conocían, se hacían caricias llenas de amor pero predecibles, lo que al principio habían sido sorpresas ahora eran necesidades. La falta de un beso era extraño para ambos. Un abrazo ausente se había convertido en un reclamo.
Cada vez se amaban más, eso se decían. Lo sentían. Cada vez se necesitaron con más frecuencia, tanto que sin plantearse nada, sin siquiera notarlo, un día cualquiera, dependían el uno del otro tanto como del aire. Ya no contemplaban sus vidas sin esa otra parte que los hacía a sí mismos. Se habían convertido cada uno en parte del otro. Y se amaban por eso. Compartían todo, los horarios, las comidas, todo inclusive las costumbres. Se veían y sabían qué quería su compañero. Las palabras se fueron tornando prescindibles, las miradas y las sonrisas eran su nueva lengua.
Los amigos ya eran una etapa en el tiempo, las puertas estaban abiertas pero el tiempo no los había esperado como ellos esperaban. La vida siguió. Aquellos primeros momentos eran hoy una sonrisa que se había colgado en algún punto del tiempo. Pero aun había sonrisas que darse, quedaban abrazos con ganas de ser recibidos. Sin embargo los besos eran rutinas que no se pensaban ni se sentían, eran besos y nada más. Ya no eran esos momentos únicos que desaparecían el mundo de alrededor, no congelaban la vida.
Sin embargo se amaban, se amaban en la rutina, en los mates de la tarde, en una canción de piano mal tocada. Se sentían el uno al otro por una palma apoyada en un hombro, por una caricia en la mejilla. Se acompañaban en un vaso de vino, se miraban por el vidrio del fondo del vaso vacío y se veían jóvenes. Se amaban o eso creían, ya que lo único que los unía era la certeza de tenerse el uno al otro. El mundo los había olvidado, los otros estaban con otros otros.
Se amaron hasta que se acostumbraron, hasta que no quedó ni una sola sorpresa por darse, hasta que la compañía se convirtió en una certeza demasiado pesada, la rutina era todo, todos los días se amaban y nada más. Se habían perdido a sí mismos. Habían dedicado cada segundo de sus vidas a dárselo a la persona que más amaban pensando que esa era la felicidad. Y lo fue, pero solo hasta que esa felicidad se convirtió en algo inquebrantable, en algo tan cierto que no ameritaba ser anhelado.
Coincidieron en que necesitaban complementar su felicidad para que fuera aun más feliz. Quisieron entonces salir, reencontrarse con el mundo, abrir esas puertas que, aunque sabían abiertas, veían cerradas. Buscaron incansablemente pero solo encontraron pedacitos sueltos de su pasado, no podían entender en qué momento del tiempo se habían difumado. Qué había pasado con los fieles afectos y sus promesas de estar siempre. Por qué el tiempo no los había esperado. Se miraban sin consuelo, se amaban y nada más. Eso era todo lo que había alrededor.
La felicidad ya no era tal, la vida era solo un pasar del tiempo, un aguantar, esperar la muerte sentados sábado tras sábado, sentados en el patio tomando mates, viendo lunes tras lunes una cara que se volvía cada vez más triste, más apagada. Se miraban y no sabían qué sentir, eso que había sido amor en aquel principio estaba muy lejos de lo que sentían hoy al verse. Qué era lo que sentían. Compartían momentos que ni pensaban, no se pensaban el uno al otro pero tampoco se imaginaban el uno sin el otro. Si no estuvieran juntos no serían nada, no tendrían nada y no vivirían más.
Tomaron tantos mates que no podían recordar cuáles habían sido por momentos felices y cuáles no. La vida pasaba junto con el agua caliente; sorbo a sorbo, lenta y repetida. Pasaron juntos todo el tiempo que necesitaron y hasta más. Hasta que la costumbre los empezó a agotar. Y ya no sabían si se amaban, si estaban acostumbrados o si simplemente eran lo único que tenían.
Todo fue igual, hasta el sábado en que él se sentó en la mesa, esperó malhumorado que llegara su compañera con los repetidos mates, partió una galleta de agua con la mano y se metió la mitad a la boca al igual que todos los días. Apoyó sus manos sobre sus rodillas impaciente ante la ausencia de su insoportable compañera. Pasaron los minutos pero ella no apareció, lo que lo enfureció aun más. Caminó hasta el cuarto y entonces la vio, tendida sobre la cama, con un pie apoyado en el suelo, los brazos abiertos. Ahí estaba, totalmente ausente. La miró: durante un segundo no sintió absolutamente nada. Pudo palpar el vacío dentro de su cuerpo, no respiró, no hizo nada. Sus manos temblaron y una lágrima, solo una, se desprendió desde más adentro que sus ojos y cayo fría al suelo, sin sentido.
El tiempo siguió pasando pero ahora estaba solo, los mates seguían siendo sorbo a sorbo, igual que su vida. Se sentaba solo en esa silla vieja y deshilachada. Sábado tras sábado. Miraba a través de un vidrio, borrosa por la lluvia, la misma calle de siempre, con los mismo árboles de siempre, con el mismo cielo horrible de siempre.
Esperaba ansioso que llegara la muerte, se sentó muchos domingos a mirar la pared del patio, los brazos le colgaban por el costado de la silla y ya ni vino tomaba. Veía hacia adentro, su pasado, aquellos primeros días, los momentos en que ella aún no existía a sus ojos, los amigos. Había perdido todo, había desperdiciado el tiempo que, recién ahora, notaba que era poco. El amor que le dio vida, también se la había quitado.
Esa primera etapa era febril, idílica, ninguno de los dos parecía encontrarle defectos a su compañero, siempre se recibían con sonrisas y cada uno, en su intimidad, volaba con imágenes del futuro. Armaron en sus mentes cosas que no eran posibles en la realidad. Sus intenciones sobrepasaban sus actos.
Eran días en los que el uno existía solo para el otro, el resto del mundo había quedado en cierta forma por fuera. Los amigos estaban ahí, siempre lo estarían, no importaba cuánto tiempo se alejaran, el tiempo se congelaría para esperarlos.
Y los días, tiranos, fueron pasando. Tanto que ya se conocían, se hacían caricias llenas de amor pero predecibles, lo que al principio habían sido sorpresas ahora eran necesidades. La falta de un beso era extraño para ambos. Un abrazo ausente se había convertido en un reclamo.
Cada vez se amaban más, eso se decían. Lo sentían. Cada vez se necesitaron con más frecuencia, tanto que sin plantearse nada, sin siquiera notarlo, un día cualquiera, dependían el uno del otro tanto como del aire. Ya no contemplaban sus vidas sin esa otra parte que los hacía a sí mismos. Se habían convertido cada uno en parte del otro. Y se amaban por eso. Compartían todo, los horarios, las comidas, todo inclusive las costumbres. Se veían y sabían qué quería su compañero. Las palabras se fueron tornando prescindibles, las miradas y las sonrisas eran su nueva lengua.
Los amigos ya eran una etapa en el tiempo, las puertas estaban abiertas pero el tiempo no los había esperado como ellos esperaban. La vida siguió. Aquellos primeros momentos eran hoy una sonrisa que se había colgado en algún punto del tiempo. Pero aun había sonrisas que darse, quedaban abrazos con ganas de ser recibidos. Sin embargo los besos eran rutinas que no se pensaban ni se sentían, eran besos y nada más. Ya no eran esos momentos únicos que desaparecían el mundo de alrededor, no congelaban la vida.
Sin embargo se amaban, se amaban en la rutina, en los mates de la tarde, en una canción de piano mal tocada. Se sentían el uno al otro por una palma apoyada en un hombro, por una caricia en la mejilla. Se acompañaban en un vaso de vino, se miraban por el vidrio del fondo del vaso vacío y se veían jóvenes. Se amaban o eso creían, ya que lo único que los unía era la certeza de tenerse el uno al otro. El mundo los había olvidado, los otros estaban con otros otros.
Se amaron hasta que se acostumbraron, hasta que no quedó ni una sola sorpresa por darse, hasta que la compañía se convirtió en una certeza demasiado pesada, la rutina era todo, todos los días se amaban y nada más. Se habían perdido a sí mismos. Habían dedicado cada segundo de sus vidas a dárselo a la persona que más amaban pensando que esa era la felicidad. Y lo fue, pero solo hasta que esa felicidad se convirtió en algo inquebrantable, en algo tan cierto que no ameritaba ser anhelado.
Coincidieron en que necesitaban complementar su felicidad para que fuera aun más feliz. Quisieron entonces salir, reencontrarse con el mundo, abrir esas puertas que, aunque sabían abiertas, veían cerradas. Buscaron incansablemente pero solo encontraron pedacitos sueltos de su pasado, no podían entender en qué momento del tiempo se habían difumado. Qué había pasado con los fieles afectos y sus promesas de estar siempre. Por qué el tiempo no los había esperado. Se miraban sin consuelo, se amaban y nada más. Eso era todo lo que había alrededor.
La felicidad ya no era tal, la vida era solo un pasar del tiempo, un aguantar, esperar la muerte sentados sábado tras sábado, sentados en el patio tomando mates, viendo lunes tras lunes una cara que se volvía cada vez más triste, más apagada. Se miraban y no sabían qué sentir, eso que había sido amor en aquel principio estaba muy lejos de lo que sentían hoy al verse. Qué era lo que sentían. Compartían momentos que ni pensaban, no se pensaban el uno al otro pero tampoco se imaginaban el uno sin el otro. Si no estuvieran juntos no serían nada, no tendrían nada y no vivirían más.
Tomaron tantos mates que no podían recordar cuáles habían sido por momentos felices y cuáles no. La vida pasaba junto con el agua caliente; sorbo a sorbo, lenta y repetida. Pasaron juntos todo el tiempo que necesitaron y hasta más. Hasta que la costumbre los empezó a agotar. Y ya no sabían si se amaban, si estaban acostumbrados o si simplemente eran lo único que tenían.
Todo fue igual, hasta el sábado en que él se sentó en la mesa, esperó malhumorado que llegara su compañera con los repetidos mates, partió una galleta de agua con la mano y se metió la mitad a la boca al igual que todos los días. Apoyó sus manos sobre sus rodillas impaciente ante la ausencia de su insoportable compañera. Pasaron los minutos pero ella no apareció, lo que lo enfureció aun más. Caminó hasta el cuarto y entonces la vio, tendida sobre la cama, con un pie apoyado en el suelo, los brazos abiertos. Ahí estaba, totalmente ausente. La miró: durante un segundo no sintió absolutamente nada. Pudo palpar el vacío dentro de su cuerpo, no respiró, no hizo nada. Sus manos temblaron y una lágrima, solo una, se desprendió desde más adentro que sus ojos y cayo fría al suelo, sin sentido.
El tiempo siguió pasando pero ahora estaba solo, los mates seguían siendo sorbo a sorbo, igual que su vida. Se sentaba solo en esa silla vieja y deshilachada. Sábado tras sábado. Miraba a través de un vidrio, borrosa por la lluvia, la misma calle de siempre, con los mismo árboles de siempre, con el mismo cielo horrible de siempre.
Esperaba ansioso que llegara la muerte, se sentó muchos domingos a mirar la pared del patio, los brazos le colgaban por el costado de la silla y ya ni vino tomaba. Veía hacia adentro, su pasado, aquellos primeros días, los momentos en que ella aún no existía a sus ojos, los amigos. Había perdido todo, había desperdiciado el tiempo que, recién ahora, notaba que era poco. El amor que le dio vida, también se la había quitado.
6 comentarios:
Oiga! no,,, el texto..... el amor.... la vida... .... qué?.... se acaba?.... de los favore se los pido......... por qué?......... yo recién empiezo..... los amore.....cara mia que estás en la costa....... es muy pronto para leerlo,,,,, muy joven para ver el final.... debí ser más grande para leerlo.... debía esperar más tiempo.... no importa..... solo un texto y nada más... ... no te procupes,,,,,, todavía no es mi tiempo..... es solo un texto y nada más....
Me había puesto dramático, que final. Solo se entiende hasta que llega.
Guille! De nuevo Gracias por Comentar! Te gusta el blog? Se aceptan sugerencias... Del texto: El comentario no podía ser más acertado, lo interpretaste tal como lo quise transmitir!
Te mando un abrazo
Qué energía circula entre palabra y palabra! Mucha frustración, mucha tristeza, nostalgia...y al terminar de leerlo me pregunto: y la posibilidad de transformación? Y la chance del cambio? Pobre tipo...por ahí le andan faltando otros abrazos, otros compañeros de vida, otros sueños construidos con otros, esos otros que estuvieron,que quieren estar, esos otros que no puede ver con claridad que andan caminando despacito al lado suyo, guiñándole un ojo, esperando la hora del encuentro...Da para seguir profundizando en la historia del personaje...incluso estaría copado ampliarlo, meterse en las cicunstancias, los detalles, las palabras dichas..bueno, lo charlaremos entre mate y mate una tarde de estas...un abrazo.
Martín: un texto fuerte, muy fuerte. Hay veces que me identifico mucho con algunas palabras tuyas..., ciertos dolores, ciertos amores, también. Todo eso manifestandose de diversas formas, generando en uno cosas que no sabemos bien cómo asimilar. Hay cosas que habitan bien adentro nuestro; cosas que a nos cuestan decir y que buscan su huída en una palabra escrita, en una mirada, en un abrazo en el total de los silencios. No es fácil ser hombre...
Ya vendrán mates un poco más alegres. Los míos son extremamente amargos..., pero depende el ojo y el paladar de uno encontrar la belleza ahí, donde parece haber sólo yuyo.
Abrazo grande. Que el año que viene sea (por favor) mejor que este. Te quiero mucho:
gringo
p.d: a veces me cuesta mucho dejar comentario porque se me abre la ventana pero no me da la opción abajo de todos donde dice "publicar comentario" (el link naranja) Es como que se abre con errores. Debe ser mi máquina.
Otro abrazo.
hola pulenta! me habia colgado un toque.. pero eso a la vez estuvo bueno porque de repente te encontre muy pero muy evolucionado con el tema de la escritura.. sinceramente me parecio copadisimo el texto, hay un par de errores minimos de gramatica, pero son totalmente despreciables..
un abrazo!
Fede
Bueno Fede! Gracias por comentar! la verdad que me alegra mucho que te haya gustado... en realidad no se si hay una evolución, lo que sí: me estoy animando un poco más a inventar. He dejado un poco de lado el tema de los ensayos y la verdad es que así me siento más cómodo. Me gusta más.
Te mando un abrazo grande
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