La historia de cómo morí es muy simple... común, pero no como la de cualquiera. Es difícil de explicar porque la forma en que fallecí me permite contarlo.
Yo vivía con un amigo, en un departamento que quedaba en Caseros entre Velez Sarfield y Belgrano. Habíamos venido a Córdoba a estudiar, veníamos del interior – no importa de dónde, no viene al caso- y compartíamos vivienda para que nos alcanzara.
Bueno, en realidad, con Franco, nos llevábamos bastante bien, teníamos problemas como todo el mundo, pero nada importante.
Mi vida, porque hasta ese momento vivía, estaba bien! No me podía quejar, tenía amigos, de vez en cuando visitaba a alguna chica, no trabajaba... Estaba bien, nunca ni siquiera me había planteado la posibilidad de que mi vida se acabara abruptamente, todo estaba en el barco y yo navegaba sin preocuparme demasiado.
Jamás me planteé la muerte, jamás pensé que algo tan grande me tomaría por sorpresa, de hecho, de algún modo la tenía preparada. Cuando fuera viejo y ya no tuviera más nada que hacer de este lado, iba a pasar tranquilamente mientras durmiera.
Todo era perfecto, hasta que un día, uno común como cualquier otro, me levanté como siempre, fui a la cocina como todos los días, encontré a Franco haciendo el desayuno y le pedí que me preparara un café a mi también. Volví a mi habitación a vestirme, demoré y, cuando volví, Franco ya había salido a la calle y no me había hecho el café.
-Qué otario este tipo- pensé. Puse el agua a calentar, preparé, desayuné y me fui.
Debajo de mi edificio había un kiosco que se caracterizaba por estar siempre lleno de estudiantes que se juntaban a desayunar ahí, el tipo que atendía era bastante amargado, siempre tenía las esquinas de la boca hacia abajo y mientras hablaba se acariciaba los pocos pelos que le salían en la barba. Yo lo miraba y veía a un ex – heavy metal, que siempre había soñado con llegar a tocar en “Obras”, pero había tenido que conformarse con un kiosco. Nunca se cansaba de contar las anécdotas de una antigua banda cuyo éxito habría sido ilimitado de no ser porque no se qué había pasado y no se quien les había robado una canción.
Le pedí una etiqueta de puchos, pero el tipo siguió atendiendo a otra gente que estaba amontonada contra el mostrador. Esperé, pero nunca me tocaba a mi, así que dejé el dinero y saqué los cigarrillos. Hubiera podido robarlos, porque todo en el kiosco estaba al alcance de todos, sin embargo yo lo conocía al gordo y, en realidad, no era mucho de robar tampoco.
En la parada del colectivo, esperé unos 10 minutos sin hablar con nadie. Todos estaban con las manos en los bolsillos y mirando la calle hacia el lado desde donde vendría el ómnibus. Yo era el segundo. Cuando llegó, el chofer abrió la puerta, la chica que estaba adelante subió y saludó. –Buenos días – respondió el chofer sonriente. Seguía yo e hice lo mismo que la chica, solo que el chofer desvió su mirada hacia el frente, me recibió el pago y no respondió nada.
-Pelotudo- pensé – Si hubiera tenido un buen par de tetas seguro que me saludabas hijo de puta-.
Me senté en mi asiento y fui mirando por la ventanilla durante todo el viaje. –Qué día tengo hoy! La puta madre-. Me había levantado cruzado con el mundo, Franco, el kiosquero y el chofer, todos me habían dado vuelta la cara esa mañana.
Di vueltas en el colectivo, no me sentía de ánimo para ir a la facultad, de modo que decidí faltar, ir a tomar aire al parque, me bajé dos paradas antes y empecé a caminar, tranquilo, con las manos en los bolsillos, el invierno todavía no se iba y el solcito de la mañana era demasiado tímido como para calentar. Yo llevaba puesto mi sobretodo y un gorrito de lana por lo que frío no pasaba. Prendí un cigarro, me senté en un banquito y lo fumé lento. Tuve un momento de plenitud, de repente todas las cosas se movían más suavemente, el viento pareció tener sentido al pasar acariciando entre las hojas de los árboles, el sonido de esa paz cubrió, por primera vez, al bullicio de los autos que pasaban por la calle que estaba detrás de mí. Fui fumando el cigarrillo seca a seca, disfrutando cada una como si fuera la última. Nunca antes había tenido esa sensación; de alguna manera me sentía totalmente libre, había trasgredido una regla, había faltado a clase, había decidido hacer lo que tuve ganas justo en ese momento, sin sentir ningún tipo de presión, dejando atrás la obligación y liberándome de todo tipo de límites. Sabía que no era totalmente cierto, pero lo sentía, estaba muy feliz.
Después de morir, reflexioné muchas veces sobre mi vida y tristemente llegué a la conclusión de que había estado muerto muchas más veces de las que imaginaba. Es más, creo que en el único momento de mi vida en que estuve realmente vivo fue ése. Ése sol, esa ventisca, el puchito, el fresquito que me invitaba a acurrucarme conmigo.
Pero, como todo momento de felicidad plena, es más que efímero. Disfruté plenamente unos minutos y luego, infelizmente, volví a pensar.
–Cómo no tener un mate!-.
A lo que dos segundos atrás era todo, ahora le faltaba un mate.
Me levanté y me puse a caminar para el lado de Nueva Córdoba, bajé por Chacabuco, tomé a la izquierda por Bv. San Juan hasta Velez Sarfield... y así hasta que llegué al departamento de nuevo.
-Ahora sí, acá no me puede faltar nada-. Preparé unos mates, intenté tomarlos lentamente como había hecho antes con el cigarrillo, pero no paso nada. No tuve otra plenitud: –Ah! Falta el pucho- pensé estúpidamente y prendí uno. Nada. Sentía lo de siempre, un mate y un pucho.
Mediodía. Salvo aquel comienzo espectacular, había desperdiciado la mañana. Franco volvió y pasó derecho a la habitación. –A este pelotudo que le pasa?- Fui a hasta el cuarto y lo vi acostado en su cama dándome la espalda.
-Qué te pasa che? Que te hice?-.
No respondió nada
-Dale boludo, decime-.
Franco siguió sin siquiera moverse.
-Bueno andá a cagar loco-. Bajé, ahora el que estaba embolado era yo. “que se cague el boludo este, seguro que lo gorrea la novia y por eso está así”, llamé por teléfono a Laura, una amiga, para juntarnos a comer algo, pero me atendió el contestador, llamé a Juan, a Mateo, nadie. –Qué pasa?-. Fui a comer solo, entré a un bar al azar, pero nadie me atendía, los mozos pasaban por mi lado como si no me vieran. Al principio los llamaba, después casi les gritaba, en un momento me paré para llamar a uno que estaba más o menos cerca, pero el tipo me esquivó y fue a otra mesa.
Me fui enfurecido, quería comer algo. - El gordo, a esta hora no hay nadie, voy, me como un pebete y ya fue-. El gordo del kiosco estaba tirado viendo tele.
-Gordo! Tenés pebete de jamón y queso?-. El gordo ni se percató de mi presencia.
-Gordo!-. y le di dos golpecitos al mostrador. Nada. Salí.
–Qué pasa?-
Me paré en la calle y traté de parar un taxi, nada. Ya me había empezado a desesperar, me paré al frente de los peatones para interrumpirles el paso y estos no me decían nada, me esquivaban como si fuera un poste.
Me esquivaban, sabía que me veían, pero ¿Por qué no me miraban?. Busqué un vidrio grande para verme, si me veía, pero no entendía qué pasaba, deforme tampoco estaba.
Paré a una viejita tomándola del brazo, ella interrumpió su paso sin decir nada hasta que la solté, luego caminó normalmente.
Empecé a preocuparme seriamente, algo estaba mal.
–Ey!- le gritaba a cualquiera que pasara pero no tenía ninguna respuesta. Grité. Empecé a dar vueltas sobre mi mismo gritando en pleno centro y nadie ni siquiera torció la cabeza. –La puta madre que lo parió!-. No sabía qué hacer porque directamente no entendía lo que pasaba, estaba desesperado.
Saqué del tacho de basura un envase de gaseosa de vidrio y la revoleé contra el vidrio de una farmacia. El ventanal cayó destrozado, la gente se sorprendió y todos fueron a ver el vidrio. El farmacéutico salió, se lamentaba y miraba a todos lados buscando al culpable. –Fui yo!- le grité. A esa altura no me importaba ir preso sino que alguien me mirara.
Pero el tipo no hacía nada, simplemente se tomaba la cabeza. Entró a llamar a la policía. Llegó. Tomó datos a los testigos y se fue.
-Invisible, sé que no estoy, pero entonces Que pasa?- me miraba las manos, me tocaba, no entendía nada. Podía agarrar objetos, si me paraba frente a alguien me esquivaba, o sea que me veía, no tenía explicación. Simplemente nadie se fijaba en mí. No importaba lo que yo hiciera, a nadie le importaba. Si importaban las consecuencias de lo que yo había hecho, pero no Yo.
Me paré al medio de la calle y pasó lo obvio, un auto me atropelló. Intentó esquivarme, pero no lo logró. El conductor se bajó y se lamentó por las abolladuras de su auto, pero nadie se acercó a verme, estaba tirado en el piso, tenía el brazo con el codo izquierdo hacia el lado contrario y las piernas me dolían muchísimo. Gritaba de dolor, pero nadie se fijaba en mí.
Partí rengueando y sosteniéndome un brazo con el otro hasta plaza San Martín y me arrojé sobre un banco, tenía la ropa sucia con algo de sangre que me salía y me dolía absolutamente todo el cuerpo. Permanecí ahí, pensaba que me había vuelto loco, que cómo iba a romper la ventana de una farmacia y dejarme atropellar por un auto.
-Señora, ayudemé, me siento mal-. Le dije a una mujer que pasó cerca del banco, pero esta ni se percató.
Me acomodé en el banco lo mejor que pude y con la mano temblorosa saque un cigarrillo, lo prendí y lo fume, seca a seca.
A un tipo que pasó le puse la traba, calló al piso, se levantó y siguió caminando. –Qué hijo de puta!- pensé –.
Los días fueron pasando, al principio seguía sin entender, pero ya no intentaba comunicarme con la gente, ni siquiera mi madre –último recurso del desesperado- había contestado mi llamada. Después de un largo tiempo de pensarlo durante horas y horas al día llegué a la conclusión de que estaba muerto, que si nadie me miraba era lo mismo existir que no hacerlo. En realidad, no podía saber si estaba vivo o no porque nadie me confirmaba ninguna de las dos cosas. Supe entonces que necesitaba de los otros para saberme.
Hoy sigo sin existir, pero estoy acostumbrado, bah... me las rebusco, para comer robo, trabajo no puedo conseguir si no existo y de todas formas a nadie le importa lo que hago. Al baño voy en cualquier lado, puedo tomar cualquier agua total ya estoy muerto.
Igual... Cómo extraño un abrazo, una sonrisa, el calor de una discusión, una reconciliación, visitar a alguien que se alegre de verme, tantas cosas....
Yo vivía con un amigo, en un departamento que quedaba en Caseros entre Velez Sarfield y Belgrano. Habíamos venido a Córdoba a estudiar, veníamos del interior – no importa de dónde, no viene al caso- y compartíamos vivienda para que nos alcanzara.
Bueno, en realidad, con Franco, nos llevábamos bastante bien, teníamos problemas como todo el mundo, pero nada importante.
Mi vida, porque hasta ese momento vivía, estaba bien! No me podía quejar, tenía amigos, de vez en cuando visitaba a alguna chica, no trabajaba... Estaba bien, nunca ni siquiera me había planteado la posibilidad de que mi vida se acabara abruptamente, todo estaba en el barco y yo navegaba sin preocuparme demasiado.
Jamás me planteé la muerte, jamás pensé que algo tan grande me tomaría por sorpresa, de hecho, de algún modo la tenía preparada. Cuando fuera viejo y ya no tuviera más nada que hacer de este lado, iba a pasar tranquilamente mientras durmiera.
Todo era perfecto, hasta que un día, uno común como cualquier otro, me levanté como siempre, fui a la cocina como todos los días, encontré a Franco haciendo el desayuno y le pedí que me preparara un café a mi también. Volví a mi habitación a vestirme, demoré y, cuando volví, Franco ya había salido a la calle y no me había hecho el café.
-Qué otario este tipo- pensé. Puse el agua a calentar, preparé, desayuné y me fui.
Debajo de mi edificio había un kiosco que se caracterizaba por estar siempre lleno de estudiantes que se juntaban a desayunar ahí, el tipo que atendía era bastante amargado, siempre tenía las esquinas de la boca hacia abajo y mientras hablaba se acariciaba los pocos pelos que le salían en la barba. Yo lo miraba y veía a un ex – heavy metal, que siempre había soñado con llegar a tocar en “Obras”, pero había tenido que conformarse con un kiosco. Nunca se cansaba de contar las anécdotas de una antigua banda cuyo éxito habría sido ilimitado de no ser porque no se qué había pasado y no se quien les había robado una canción.
Le pedí una etiqueta de puchos, pero el tipo siguió atendiendo a otra gente que estaba amontonada contra el mostrador. Esperé, pero nunca me tocaba a mi, así que dejé el dinero y saqué los cigarrillos. Hubiera podido robarlos, porque todo en el kiosco estaba al alcance de todos, sin embargo yo lo conocía al gordo y, en realidad, no era mucho de robar tampoco.
En la parada del colectivo, esperé unos 10 minutos sin hablar con nadie. Todos estaban con las manos en los bolsillos y mirando la calle hacia el lado desde donde vendría el ómnibus. Yo era el segundo. Cuando llegó, el chofer abrió la puerta, la chica que estaba adelante subió y saludó. –Buenos días – respondió el chofer sonriente. Seguía yo e hice lo mismo que la chica, solo que el chofer desvió su mirada hacia el frente, me recibió el pago y no respondió nada.
-Pelotudo- pensé – Si hubiera tenido un buen par de tetas seguro que me saludabas hijo de puta-.
Me senté en mi asiento y fui mirando por la ventanilla durante todo el viaje. –Qué día tengo hoy! La puta madre-. Me había levantado cruzado con el mundo, Franco, el kiosquero y el chofer, todos me habían dado vuelta la cara esa mañana.
Di vueltas en el colectivo, no me sentía de ánimo para ir a la facultad, de modo que decidí faltar, ir a tomar aire al parque, me bajé dos paradas antes y empecé a caminar, tranquilo, con las manos en los bolsillos, el invierno todavía no se iba y el solcito de la mañana era demasiado tímido como para calentar. Yo llevaba puesto mi sobretodo y un gorrito de lana por lo que frío no pasaba. Prendí un cigarro, me senté en un banquito y lo fumé lento. Tuve un momento de plenitud, de repente todas las cosas se movían más suavemente, el viento pareció tener sentido al pasar acariciando entre las hojas de los árboles, el sonido de esa paz cubrió, por primera vez, al bullicio de los autos que pasaban por la calle que estaba detrás de mí. Fui fumando el cigarrillo seca a seca, disfrutando cada una como si fuera la última. Nunca antes había tenido esa sensación; de alguna manera me sentía totalmente libre, había trasgredido una regla, había faltado a clase, había decidido hacer lo que tuve ganas justo en ese momento, sin sentir ningún tipo de presión, dejando atrás la obligación y liberándome de todo tipo de límites. Sabía que no era totalmente cierto, pero lo sentía, estaba muy feliz.
Después de morir, reflexioné muchas veces sobre mi vida y tristemente llegué a la conclusión de que había estado muerto muchas más veces de las que imaginaba. Es más, creo que en el único momento de mi vida en que estuve realmente vivo fue ése. Ése sol, esa ventisca, el puchito, el fresquito que me invitaba a acurrucarme conmigo.
Pero, como todo momento de felicidad plena, es más que efímero. Disfruté plenamente unos minutos y luego, infelizmente, volví a pensar.
–Cómo no tener un mate!-.
A lo que dos segundos atrás era todo, ahora le faltaba un mate.
Me levanté y me puse a caminar para el lado de Nueva Córdoba, bajé por Chacabuco, tomé a la izquierda por Bv. San Juan hasta Velez Sarfield... y así hasta que llegué al departamento de nuevo.
-Ahora sí, acá no me puede faltar nada-. Preparé unos mates, intenté tomarlos lentamente como había hecho antes con el cigarrillo, pero no paso nada. No tuve otra plenitud: –Ah! Falta el pucho- pensé estúpidamente y prendí uno. Nada. Sentía lo de siempre, un mate y un pucho.
Mediodía. Salvo aquel comienzo espectacular, había desperdiciado la mañana. Franco volvió y pasó derecho a la habitación. –A este pelotudo que le pasa?- Fui a hasta el cuarto y lo vi acostado en su cama dándome la espalda.
-Qué te pasa che? Que te hice?-.
No respondió nada
-Dale boludo, decime-.
Franco siguió sin siquiera moverse.
-Bueno andá a cagar loco-. Bajé, ahora el que estaba embolado era yo. “que se cague el boludo este, seguro que lo gorrea la novia y por eso está así”, llamé por teléfono a Laura, una amiga, para juntarnos a comer algo, pero me atendió el contestador, llamé a Juan, a Mateo, nadie. –Qué pasa?-. Fui a comer solo, entré a un bar al azar, pero nadie me atendía, los mozos pasaban por mi lado como si no me vieran. Al principio los llamaba, después casi les gritaba, en un momento me paré para llamar a uno que estaba más o menos cerca, pero el tipo me esquivó y fue a otra mesa.
Me fui enfurecido, quería comer algo. - El gordo, a esta hora no hay nadie, voy, me como un pebete y ya fue-. El gordo del kiosco estaba tirado viendo tele.
-Gordo! Tenés pebete de jamón y queso?-. El gordo ni se percató de mi presencia.
-Gordo!-. y le di dos golpecitos al mostrador. Nada. Salí.
–Qué pasa?-
Me paré en la calle y traté de parar un taxi, nada. Ya me había empezado a desesperar, me paré al frente de los peatones para interrumpirles el paso y estos no me decían nada, me esquivaban como si fuera un poste.
Me esquivaban, sabía que me veían, pero ¿Por qué no me miraban?. Busqué un vidrio grande para verme, si me veía, pero no entendía qué pasaba, deforme tampoco estaba.
Paré a una viejita tomándola del brazo, ella interrumpió su paso sin decir nada hasta que la solté, luego caminó normalmente.
Empecé a preocuparme seriamente, algo estaba mal.
–Ey!- le gritaba a cualquiera que pasara pero no tenía ninguna respuesta. Grité. Empecé a dar vueltas sobre mi mismo gritando en pleno centro y nadie ni siquiera torció la cabeza. –La puta madre que lo parió!-. No sabía qué hacer porque directamente no entendía lo que pasaba, estaba desesperado.
Saqué del tacho de basura un envase de gaseosa de vidrio y la revoleé contra el vidrio de una farmacia. El ventanal cayó destrozado, la gente se sorprendió y todos fueron a ver el vidrio. El farmacéutico salió, se lamentaba y miraba a todos lados buscando al culpable. –Fui yo!- le grité. A esa altura no me importaba ir preso sino que alguien me mirara.
Pero el tipo no hacía nada, simplemente se tomaba la cabeza. Entró a llamar a la policía. Llegó. Tomó datos a los testigos y se fue.
-Invisible, sé que no estoy, pero entonces Que pasa?- me miraba las manos, me tocaba, no entendía nada. Podía agarrar objetos, si me paraba frente a alguien me esquivaba, o sea que me veía, no tenía explicación. Simplemente nadie se fijaba en mí. No importaba lo que yo hiciera, a nadie le importaba. Si importaban las consecuencias de lo que yo había hecho, pero no Yo.
Me paré al medio de la calle y pasó lo obvio, un auto me atropelló. Intentó esquivarme, pero no lo logró. El conductor se bajó y se lamentó por las abolladuras de su auto, pero nadie se acercó a verme, estaba tirado en el piso, tenía el brazo con el codo izquierdo hacia el lado contrario y las piernas me dolían muchísimo. Gritaba de dolor, pero nadie se fijaba en mí.
Partí rengueando y sosteniéndome un brazo con el otro hasta plaza San Martín y me arrojé sobre un banco, tenía la ropa sucia con algo de sangre que me salía y me dolía absolutamente todo el cuerpo. Permanecí ahí, pensaba que me había vuelto loco, que cómo iba a romper la ventana de una farmacia y dejarme atropellar por un auto.
-Señora, ayudemé, me siento mal-. Le dije a una mujer que pasó cerca del banco, pero esta ni se percató.
Me acomodé en el banco lo mejor que pude y con la mano temblorosa saque un cigarrillo, lo prendí y lo fume, seca a seca.
A un tipo que pasó le puse la traba, calló al piso, se levantó y siguió caminando. –Qué hijo de puta!- pensé –.
Los días fueron pasando, al principio seguía sin entender, pero ya no intentaba comunicarme con la gente, ni siquiera mi madre –último recurso del desesperado- había contestado mi llamada. Después de un largo tiempo de pensarlo durante horas y horas al día llegué a la conclusión de que estaba muerto, que si nadie me miraba era lo mismo existir que no hacerlo. En realidad, no podía saber si estaba vivo o no porque nadie me confirmaba ninguna de las dos cosas. Supe entonces que necesitaba de los otros para saberme.
Hoy sigo sin existir, pero estoy acostumbrado, bah... me las rebusco, para comer robo, trabajo no puedo conseguir si no existo y de todas formas a nadie le importa lo que hago. Al baño voy en cualquier lado, puedo tomar cualquier agua total ya estoy muerto.
Igual... Cómo extraño un abrazo, una sonrisa, el calor de una discusión, una reconciliación, visitar a alguien que se alegre de verme, tantas cosas....
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