29 de enero de 2008. Pese a que fue un día en que casi todos los hechos fueron iguales a los del día anterior y a los de los días siguientes, será un día que difícilmente logre olvidar alguna vez.
Bien a la mañana, ni bien empezaba, me despedí de los australianos. Nos dimos un abrazo y luego cerré la puerta.
Hacía unos días que nos habíamos mudado a media cuadra del paseo de las artes por lo que después de la despedida, para ir a trabajar, tuve que atravesarlo.
Fue ese día, que empezó el invierno para mi. Los australianos eran el último destello vivo de lo que había sido el verano más largo de mi vida.
Cruzaba el paseo observando los detalles, los recovecos, los pequeños rayos de sol que los edificios allá atrás dejaban pasar. El aire se había tornado levemente más fresco que los días anteriores. Intenté demorar, detenerme a vivir ese momento... en vano, había ya un ritmo de tambor que apresuraba mis pasos, una tensión insoportable que me tironeaba... los australianos desaparecían y se convertían en una historia. Seguían su verano, un verano que por otra parte también se les había convertido en un peso difícil de llevar. Yo estaba inserto en una vida, eso eran los tambores; una fuerza que sostenía el ritmo y me llevaba...
Habían sido grandes días, los mejores de mi vida, quizá. Había sido la vida misma reducida en un puñadito de pequeñas historias. ¡Que cortos se volverían esos días a medida que pasara el tiempo! Los días largos del invierno los irían borrando poco a poco de la memoria hasta que finalmente serían un recuerdo senil que provocaría una sonrisa incierta en algún momento de la vejez. ¡Que ganas de subir a un colectivo y extender un poco más algo que necesariamente debía terminar en algún momento!
Sabía que no era posible viajar para siempre y sabía también que de ser así perdería el sentido mismo de la novedad. ¿Qué era viajar entonces si no eso? Descubrir, vivir los cuentos que alguna vez leímos, permitirle al alma tener el orgasmo tan reprimido por los días mediocres. Era eso lo que sentí que quedaba atrás, la intensidad casi constante de la vida.
Ahora, durante el invierno debería soportar días fríos o, lo que era peor, templados, grises.
Pensé en la gente que me rodeaba: estaban tan insertos en una vida como yo, estábamos atrapados, cada uno con sus matices diferentes, todos intentando decirnos que no era así, que éramos diferentes de los pobres diablos muertos en la nada. Pero no era así, éramos tan desgraciados como ellos y difícilmente pudiéramos salirnos del montón.
Mientras caminaba aquella mañanita, bien temprano, cuando el sol apenas brillaba... pestañeé sosteniendo los ojos cerrados tanto tiempo como me fue posible antes de chocar con una pared. Quería, en vano, abrirlos y despertar en las alturas de la cordillera o en las aguas tibias del mar caribe, o en la húmeda selva o en el frío de la noche del Cuzco o donde fuera que me permitiera vivir intensamente aunque sea un día más, un mundo nuevo.
Bien a la mañana, ni bien empezaba, me despedí de los australianos. Nos dimos un abrazo y luego cerré la puerta.
Hacía unos días que nos habíamos mudado a media cuadra del paseo de las artes por lo que después de la despedida, para ir a trabajar, tuve que atravesarlo.
Fue ese día, que empezó el invierno para mi. Los australianos eran el último destello vivo de lo que había sido el verano más largo de mi vida.
Cruzaba el paseo observando los detalles, los recovecos, los pequeños rayos de sol que los edificios allá atrás dejaban pasar. El aire se había tornado levemente más fresco que los días anteriores. Intenté demorar, detenerme a vivir ese momento... en vano, había ya un ritmo de tambor que apresuraba mis pasos, una tensión insoportable que me tironeaba... los australianos desaparecían y se convertían en una historia. Seguían su verano, un verano que por otra parte también se les había convertido en un peso difícil de llevar. Yo estaba inserto en una vida, eso eran los tambores; una fuerza que sostenía el ritmo y me llevaba...
Habían sido grandes días, los mejores de mi vida, quizá. Había sido la vida misma reducida en un puñadito de pequeñas historias. ¡Que cortos se volverían esos días a medida que pasara el tiempo! Los días largos del invierno los irían borrando poco a poco de la memoria hasta que finalmente serían un recuerdo senil que provocaría una sonrisa incierta en algún momento de la vejez. ¡Que ganas de subir a un colectivo y extender un poco más algo que necesariamente debía terminar en algún momento!
Sabía que no era posible viajar para siempre y sabía también que de ser así perdería el sentido mismo de la novedad. ¿Qué era viajar entonces si no eso? Descubrir, vivir los cuentos que alguna vez leímos, permitirle al alma tener el orgasmo tan reprimido por los días mediocres. Era eso lo que sentí que quedaba atrás, la intensidad casi constante de la vida.
Ahora, durante el invierno debería soportar días fríos o, lo que era peor, templados, grises.
Pensé en la gente que me rodeaba: estaban tan insertos en una vida como yo, estábamos atrapados, cada uno con sus matices diferentes, todos intentando decirnos que no era así, que éramos diferentes de los pobres diablos muertos en la nada. Pero no era así, éramos tan desgraciados como ellos y difícilmente pudiéramos salirnos del montón.
Mientras caminaba aquella mañanita, bien temprano, cuando el sol apenas brillaba... pestañeé sosteniendo los ojos cerrados tanto tiempo como me fue posible antes de chocar con una pared. Quería, en vano, abrirlos y despertar en las alturas de la cordillera o en las aguas tibias del mar caribe, o en la húmeda selva o en el frío de la noche del Cuzco o donde fuera que me permitiera vivir intensamente aunque sea un día más, un mundo nuevo.
6 comentarios:
EEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeehhhhhhhhhhhh, pará un cacho martín!!!!!!!!!!!! El oscuro y a veces deprimido soy yo acá. Eso es lo único que voy a opinar sobre el sentido del texto. Lo que sí te quiero decir es que escribís como la puta madre..., bien bien en serio. Y vos sabés que no me tiembla la pera para ser honesto. Este año arrancamos con el taller y vos vas a estar sí o sí, me leíste?: sí o sí. Foooo..., movés cosas a veces..,
Abrazo de penal errado:
gringo
Ehh gringo! que grande! Siempre puedo contar con tu comentario,... Con lo de literatura de una... y a ver si publicamos en el paseo! Te mando un abrazo grande y voy poniendo la pava pa`l ierbeau! nos vemos
Martin:
Saludos loco. Me gusto el texto. Los tambores persiguen!, viste?
El texto "Sigue el frio" esta muy bueno.
Julian
Julian! Que sorpresa, pensé que no ibas a comentar! ja, bueno, muchas gracias por entrar, ojalá que te guste y me tires algunas ideas, supongo que de esto vos tenés bastante más idea que yo... ya nos juntaremos a hablar tranquilos...
Te mando un abrazo
Peor que la de querer volver a viajar, es "desear viajar con toda el alma, con todo el cuerpo y no animarse"...te lo juro...a veces me voy a Ilha Do Mel y me encuentro en sueños con mi amiga q está laburando allá...q se atrevió a viajar viviendo...y q se yo..justito lo leí al texto tuyo..en serio...y cuántas caras uno se cruza q pasan por la ciudad por pasar nomás...uff! muy profundo lo q me has hecho sentir amigo...miedo al miedo me agarra...jua! me puse más oscura que vos?? Naaa..ja ja Ah! y coincido con el Gringo: me gusta cómo escribís.
Un abrazón.
Sole: Cuestión de animarse nomás! Cuánto tiempo vas a perder por no animarte a perder el tiempo?
Te mando un abrazo
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