Justo cuando empiezan los días de frío, antes de que sean helados, me levanté tempranito, arranqué con unos mates amargos y partí.
Fui a un lugar recóndito de la tierra, pero no tan recóndito de las sierras de Córdoba, que se llama Tala Huasi.
Antes de las diez de la mañana y todavía con humito saliendo de la boca, pasé por una carnicería que ya tenía vista desde que era un niño, compré un par de cortes, carbón, un fernecito de medio litro, una coca mediana y el diario, y seguí rumbo a los asadores de la orilla del río.
Hice uso del agua caliente que aún quedaba para preparar unos mates más mientras observaba simplemente el agua del río correr. Abrí el diario pero no leí nada en particular; me relajé con el ruido del agua y el viento que corría entre los eucaliptos.
Esperé, pacientemente, que el tiempo no pasara nunca. Me congelé en esa mañana que parecía eternizarse en los mates y el paisaje más amarillo que verde.
Lentamente los mates se fueron consumiendo y así llegó la hora del primer fernet con coca en un vaso de acero inoxidable. Trago por trago lo dejé pasar… impecable, suave, hermoso.
Verifiqué el diario una vez más, hice un bollo la portada, coloqué el carbón y con un fósforo los quemé a Delía, a Cristina y a la sociedad rural: todos se consumirían en mi asadito. Arrimé las manos para sacarles el color morado, las froté con placer y de vez en cuando las dejé agarrar nuevamente el vasito de fernet.
Tiré la carne, esperé y la comí sobre una tabla mientras me empinaba el segundo aperitivo. Nuevamente me perdí en el sonido uniforme de la cascadita.
Caminaba lento y sin excusas, anduve dando unas vueltas por las cercanías, bajé hasta el río y hasta me mojé las manos en el agua tan helada como transparente. Pude percibir que el río estaba en paz, lejos de la temporada: los pececitos nadaban alegres y los pastos se dejaban peinar por la corriente, los pajaritos silbaban sabiendo que ahora sí, su canto se oía desde la otra orilla.
Cuando volví hasta la mesa, un perro se había acercado a hacerme compañía o, lo que era más factible, a pedir algo de comida. Se la di y me gané su amistad: logré que sacara la cola de entre las patas y levantara la cabeza.
Estuvimos un rato con el amigo meta comida y meta caricia hasta que por el puente vi que cruzaba el carnicero, probablemente de regreso a su casa o quién sabe a donde. Le hice una señal levantando el brazo con cara de saludo y el tipo respondió con el mismo gesto y luego se acercó mostrando un mazo de cartas españolas. Casi como si fuera obvio que tenía que ser así, nos pusimos a jugar un par de manos de truco mientras compartíamos vaso para tomar un fernecito.
Charlamos de todo y de nada sin desconcentrarnos en ningún momento de las cartas que teníamos en las manos y, prácticamente consumimos la siesta.
- Bueno, sigo viaje – indicó repentinamente el carnicero
Nos saludamos como si nos conociéramos de toda la vida y otra vez me quedé en esa extraña soledad que, a diferencia de las que había sentido en otras ocasiones de mi vida, era agradable.
Manejé el tiempo por única vez en mi vida, me perdí y volví todas las veces que necesité.
Jamás hubiera imaginado que era tan fácil… ni tan cerca.
5 comentarios:
ñoño
¿te fuiste a comer un asado con ferne? ¿y yo dónde estaba? ¿por qué no me invitaste?
¿...?
Ahh!! me perdí la segunda parte del comentario...
Cuando quieras organizamos y vamos! están muy buenos los asadores... podemos armar algo con nacho y algún par de secuaces más. Dale?
Si hay metegol, me prendo. Si no hay, también!
Un abrazo.
Maxi: Puede haber un metegol!! los detalles son ajustables... lo importante es hacerlo...
Te mando un abrazo
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