El Negro Gauna me la tocó desde la izquierda, la acomodé para derecha y le metí un zapataso…
La pelota, un penalty ya sin varios cascos, volaba lentamente hacia el arco. Todos la miraban fijo, la tensión aumentaba mientras yo hacía fuerza con la mirada para que en-tre. Fue un segundo, pero pareció más largo que el resto del partido, todo el mundo es-taba en silencio, todos, absolutamente todos, reteniendo el aire pendientes de ella.
Iba bien… “gol, gol, gol” pensaba yo; en realidad le suplicaba que se meta. 30 centímetros marcaban la diferencia entre las felicitaciones y las puteadas, era demasiada presión para un solo segundo; cerré los ojos.
Uhhh… ¡Hijo de puta! ¡Muerto!... No lo podía creer, había salido apenas rozando el palo. Miré al cielo: diosito de todos los santos, cómo me podés hacer esto, y volví trotando hacia la mitad de cancha mientras el arquero contrario tocaba corto con un defensor.
Podía sentir todas las miradas sobre mi espalda, a los ojos de todos era mi culpa: yo podría haber metido trescientos goles durante la temporada, eso no importaba ahora; todas las puteadas estaban concentradas sobre esa bocha que se fue al ladito del palo.
El partido terminó ahí nomás. Perdimos 1 a 0 de locales: los de Las Flores se abrazaban y cantaban mientras miraban la esquina donde estaba su gente. Nosotros… mirábamos la tierra mientras caminábamos destruidos al vestuario; desde el alambrado se escuchaban las puteadas: que éramos una vergüenza para el club, que mi vieja no se qué, que esto pasaba porque en vez de entrenar nos dedicábamos a tomar vino… largaban puteadas de todos los colores.
Ya no había posibilidad de cambiar las cosas, no había cómo dar vuelta la torta; el último partido de la temporada se nos había ido al ladito del palo junto con mi pelotazo.
No pudimos ni salvar el honor, habíamos salido últimos. Era cierto: si la pelota entraba, no hubiera cambiado nada, salíamos últimos igual, pero era el honor. En el fútbol de barrio siempre hay una razón para luchar y la nuestra ese día, ya perdida toda esperanza de clasificación, era el honor. Queríamos salvar los colores del club, nada más.
sigue...
La pelota, un penalty ya sin varios cascos, volaba lentamente hacia el arco. Todos la miraban fijo, la tensión aumentaba mientras yo hacía fuerza con la mirada para que en-tre. Fue un segundo, pero pareció más largo que el resto del partido, todo el mundo es-taba en silencio, todos, absolutamente todos, reteniendo el aire pendientes de ella.
Iba bien… “gol, gol, gol” pensaba yo; en realidad le suplicaba que se meta. 30 centímetros marcaban la diferencia entre las felicitaciones y las puteadas, era demasiada presión para un solo segundo; cerré los ojos.
Uhhh… ¡Hijo de puta! ¡Muerto!... No lo podía creer, había salido apenas rozando el palo. Miré al cielo: diosito de todos los santos, cómo me podés hacer esto, y volví trotando hacia la mitad de cancha mientras el arquero contrario tocaba corto con un defensor.
Podía sentir todas las miradas sobre mi espalda, a los ojos de todos era mi culpa: yo podría haber metido trescientos goles durante la temporada, eso no importaba ahora; todas las puteadas estaban concentradas sobre esa bocha que se fue al ladito del palo.
El partido terminó ahí nomás. Perdimos 1 a 0 de locales: los de Las Flores se abrazaban y cantaban mientras miraban la esquina donde estaba su gente. Nosotros… mirábamos la tierra mientras caminábamos destruidos al vestuario; desde el alambrado se escuchaban las puteadas: que éramos una vergüenza para el club, que mi vieja no se qué, que esto pasaba porque en vez de entrenar nos dedicábamos a tomar vino… largaban puteadas de todos los colores.
Ya no había posibilidad de cambiar las cosas, no había cómo dar vuelta la torta; el último partido de la temporada se nos había ido al ladito del palo junto con mi pelotazo.
No pudimos ni salvar el honor, habíamos salido últimos. Era cierto: si la pelota entraba, no hubiera cambiado nada, salíamos últimos igual, pero era el honor. En el fútbol de barrio siempre hay una razón para luchar y la nuestra ese día, ya perdida toda esperanza de clasificación, era el honor. Queríamos salvar los colores del club, nada más.
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2 comentarios:
mmmmmm...
Gringo! que comentario ambiguo che... me quedo con la duda de si es porque te ingtriga saber la segunda parte o porque desde ya te parece malo...
Bueno, espero que me cuentes bien...
Ahora no estoy en Córdoba pero cuando llegue te doy un abrazo.
Nos vemos
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