Rua Santo Elías: la calle en la que más cercano a la libertad me he sentido. No la libertad anómica, en soledad, aislada y fuera de toda convención social. Más bien la plantearía como la caída definitiva de la mirada del otro, no porque no haya existido sino por su liviandad.
No fue una libertad contemplativa, de amplios paisajes, de orgasmos visuales; fue una con mucho de Circo Romano; extravagancias, drogas, sexo; fue una especie de orgía de los sentidos, donde no existía quién impusiera reglas ni se avergonzara de las actitudes propias o ajenas.
Tan libre como ilusoria era insostenible en el tiempo, esa libertad de todo, incluso de la responsabilidad que debería asociarse, provocaba en mí una alegría orgásmica que me impulsaba cada vez más hacia sensaciones impensadas hasta ese momento. Un sentimiento de felicidad invadía cada mililitro de mi sangre y me hacía transpirar euforia. Transitaba los días mareado, sin comprender del todo lo que estaba pasando, los vivía sin rumbo, como si fuera a vivir para siempre y tuviera tiempo de hacer y deshacer a mi gusto y, a la vez, estrujaba cada día como si fuera el último de mi vida. Cada cosa que hacía tenía su sentido: disfrutar al máximo de lo que estaba haciendo en ese momento, sin pensar en nada más que en disfrutar.
Prácticamente ajenos a cualquier forma de propiedad, lo único que teníamos como propio e individual era la ropa de cada uno y un colchón – sin cama -, todo lo demás era compartido: incluso teníamos cuatro sillas para seis personas, dos comían rotativamente en el suelo. Esperábamos la hora del almuerzo sentados en el suelo de la cocina mientras charlábamos de todo y de nada, nos reíamos, no importaba el sentido o la profundidad de las cosas.
No era una cuestión de dinero (tenía apenas más de lo necesario), sino de tiempo y de aplicaciones de ese tiempo. Siempre encontrábamos algo para hacer, el no tener televisión ni Internet nos impulsaba a leer, a seleccionar lo que entraba en el cerebro y fundamentalmente a estar fuera de casa gran parte del tiempo. Esto también contribuyó mucho con las relaciones sociales que pude hacer, se charlaba mucho, se salía mucho, se compartía.
El bajo nivel de exigencia de la Universidad nos permitía más ocio de lo normal, los horarios eran por demás flexibles y el hecho de ser extranjeros nos daba muchas consideraciones que otros alumnos no tenían. Disponíamos del tiempo a nuestro gusto: esa era la gran riqueza que poseíamos. Personalmente, como buen rico nuevo, lo derrochaba por doquier, lo compartía, lo aprovechaba malgastándolo, lo doblaba, lo estiraba, hacía que los días duraran lo que yo quería, podía extender una fiesta por más de 40 horas seguidas o si una clase me aburría podía hacerla durar 5 minutos y desaparecer así sin más.
En casa consensuamos algunas reglas para mantener un equilibrio mínimo, cosas como limpieza de los espacios comunes y la comida, pero en ningún momento ingresamos en el plano individual ni caímos en moralismos del deber ser. Cada uno, creo, tomó esa libertad y le sacó provecho de la mejor manera que pudo o quiso.
Creamos una especie de comunismo para organizar las comidas y las porciones y así nos garantizábamos un piso mensual que incluía vivienda y alimento; después de ese piso cada uno lo que quisiera con el remanente.
En mi caso personal, creo que en ningún otro momento de mi vida he disfrutado tanto de la libertad como durante esos días. De alguna manera exterioricé, materialicé, esquemas reprimidos… o clandestinos, más precisamente.
Fueron increíbles esos días de la Rua Santo Elías, increíbles no solo por lo fantásticos, sino por lo realmente difíciles de creer. ¿Qué tienen que ver con el resto de mi vida? Nada. Fue un salto hacia una libertad que nunca había imaginado que existía y que realmente dudo que alcance en adelante. Definitivamente la plenitud de todo. Todo lo bueno y lo malo que pasó, valió la pena.
No fue una libertad contemplativa, de amplios paisajes, de orgasmos visuales; fue una con mucho de Circo Romano; extravagancias, drogas, sexo; fue una especie de orgía de los sentidos, donde no existía quién impusiera reglas ni se avergonzara de las actitudes propias o ajenas.
Tan libre como ilusoria era insostenible en el tiempo, esa libertad de todo, incluso de la responsabilidad que debería asociarse, provocaba en mí una alegría orgásmica que me impulsaba cada vez más hacia sensaciones impensadas hasta ese momento. Un sentimiento de felicidad invadía cada mililitro de mi sangre y me hacía transpirar euforia. Transitaba los días mareado, sin comprender del todo lo que estaba pasando, los vivía sin rumbo, como si fuera a vivir para siempre y tuviera tiempo de hacer y deshacer a mi gusto y, a la vez, estrujaba cada día como si fuera el último de mi vida. Cada cosa que hacía tenía su sentido: disfrutar al máximo de lo que estaba haciendo en ese momento, sin pensar en nada más que en disfrutar.
Prácticamente ajenos a cualquier forma de propiedad, lo único que teníamos como propio e individual era la ropa de cada uno y un colchón – sin cama -, todo lo demás era compartido: incluso teníamos cuatro sillas para seis personas, dos comían rotativamente en el suelo. Esperábamos la hora del almuerzo sentados en el suelo de la cocina mientras charlábamos de todo y de nada, nos reíamos, no importaba el sentido o la profundidad de las cosas.
No era una cuestión de dinero (tenía apenas más de lo necesario), sino de tiempo y de aplicaciones de ese tiempo. Siempre encontrábamos algo para hacer, el no tener televisión ni Internet nos impulsaba a leer, a seleccionar lo que entraba en el cerebro y fundamentalmente a estar fuera de casa gran parte del tiempo. Esto también contribuyó mucho con las relaciones sociales que pude hacer, se charlaba mucho, se salía mucho, se compartía.
El bajo nivel de exigencia de la Universidad nos permitía más ocio de lo normal, los horarios eran por demás flexibles y el hecho de ser extranjeros nos daba muchas consideraciones que otros alumnos no tenían. Disponíamos del tiempo a nuestro gusto: esa era la gran riqueza que poseíamos. Personalmente, como buen rico nuevo, lo derrochaba por doquier, lo compartía, lo aprovechaba malgastándolo, lo doblaba, lo estiraba, hacía que los días duraran lo que yo quería, podía extender una fiesta por más de 40 horas seguidas o si una clase me aburría podía hacerla durar 5 minutos y desaparecer así sin más.
En casa consensuamos algunas reglas para mantener un equilibrio mínimo, cosas como limpieza de los espacios comunes y la comida, pero en ningún momento ingresamos en el plano individual ni caímos en moralismos del deber ser. Cada uno, creo, tomó esa libertad y le sacó provecho de la mejor manera que pudo o quiso.
Creamos una especie de comunismo para organizar las comidas y las porciones y así nos garantizábamos un piso mensual que incluía vivienda y alimento; después de ese piso cada uno lo que quisiera con el remanente.
En mi caso personal, creo que en ningún otro momento de mi vida he disfrutado tanto de la libertad como durante esos días. De alguna manera exterioricé, materialicé, esquemas reprimidos… o clandestinos, más precisamente.
Fueron increíbles esos días de la Rua Santo Elías, increíbles no solo por lo fantásticos, sino por lo realmente difíciles de creer. ¿Qué tienen que ver con el resto de mi vida? Nada. Fue un salto hacia una libertad que nunca había imaginado que existía y que realmente dudo que alcance en adelante. Definitivamente la plenitud de todo. Todo lo bueno y lo malo que pasó, valió la pena.